Nicolás abrió el consultorio de Rivadavia y Rojas en 2012, a diez cuadras de la casa donde creció. Empezó atendiendo tres tardes por semana, con una silla prestada y una agenda de papel. Hoy el estudio recibe unos cuarenta pacientes por semana y sigue siendo él quien coloca cada aparato.
Su interés por la ortodoncia arrancó por un motivo poco romántico: de adolescente usó brackets durante tres años sin que nadie le explicara qué estaba pasando en su boca. Esa experiencia definió cómo atiende. En la primera cita te muestra las radiografías en pantalla, te dice qué se puede corregir, qué no, cuánto va a tardar y cuánto va a costar, todo antes de que decidas.
Se formó en técnica de autoligado y en tratamientos con alineadores, y cursa actualización clínica cada año. Fuera del consultorio juega al frontón los martes y cocina milanesas los domingos, dos actividades que, dice, requieren la misma paciencia que cerrar un espacio de dos milímetros.